|
Finalmente, ciudadanos, a L. Catilina
que estaba
enloquecido por la audacia, que ansiaba el crimen,
que maquinaba de manera criminal la ruina de la
patria, que os amenazaba a vosotros y a esta
ciudad a sangre y fuego,
lo hemos echado
de la ciudad, o expulsado, o perseguido con
nuestras palabras mientras se iba.
Se fue, se marchó, se
fugó, escapó.
Ya ninguna
desgracia será preparada dentro de las murallas
contra las propias murallas por aquel monstruo y
engendro. (Cicerón,
Catilinarias) |