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No te dejan vivir; de noche los panaderos; por la mañana los
maestros de escuela, y a todas horas los caldereros que golpean con
sus martillos; aquí es el banquero que, no teniendo otra cosa que
hacer, revuelve sus monedas en sus sórdidas mesas; allí un dorador
que da con el bastoncito en una piedra reluciente. Sin interrupción
los sacerdotes de Belona, poseídos de la diosa, lanzan gritos
furibundos; no acaban nunca. El náufrago con un trozo de madera
colgado al cuello, de repetir continuamente su historia, el pequeño
hebreo, amaestrado por su madre, de pedir limosna lloriqueando, el
revendedor legañoso de ofrecerte las pajuelas para que se las
compres, y cuando las mujeres con sus sortilegios de amor hacen que
se oscurezca la luna, todo el mundo halla a mano algún objeto de
cobre que aporrear, hasta que se desvanece el
hechizo.
(MARCIAL. 12, 57. [Traducción de José Guillén])
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