El aseo diario

No teníamos agua corriente en la casa. Como la mayoría de los romanos, ocupábamos un piso en un edificio cuya fuente más cercana estaba en la otra calle, al doblar la esquina. Para nuestras abluciones diarias acudíamos a los baños públicos. Había muchos, eran lugares para relacionarse y, en muchos casos, eran gratuitos. En las partes más lujosas del Aventino había grandes mansiones aisladas con sus propias termas privadas pero en nuestro barrio, una zona humilde, teníamos un largo trayecto con la estrigila y el frasco de los ungüentos. Nuestra calle tenía por nombre Plaza de la Fuente, pero sólo se trataba de una broma burocrática.

(DAVIS, Lindsay. ¡A los leones!. P. 81. Barcelona. Edhasa, 1998)

   

NOTAS: