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Después del ajetreo del Foro
y del barullo de las plazas romanas mi apartamento era un bendito
remanso de silencio, aunque llegaban débiles ruidos de la calle y
ocasionalmente se oían los gorjeos de los pájaros a través de los
techos de tejas rojas. Vivía en la última planta. Como les ocurría a
todos, llegamos con la lengua fuera. La muchacha se detuvo a leer mi
placa de cerámica. Era una placa innecesaria, pues nadie sube seis
pisos sin saber a quién va a ver, pero me había compadecido de un
viajante de comercio que subió para convencerme de que la publicidad
contribuiría al incremento de mis actividades. No hay nada que
contribuya al incremento de mis actividades, pero esto es harina de
otro costal.
- M. Didio
Falco. La M significa Marco ¿Puedo llamarlo
Marco?
- No -
repliqué.
Entramos
- Cuantos
más escalones, más bajo es el alquiler – expliqué con ironía -.
Vivía en el tejado hasta que las palomas se quejaron de que daba
mala reputación a sus
tejas.
Yo vivía a mitad
de camino del cielo. La chica estaba extasiada. Acostumbrada
exclusivamente a cómodas extensiones a nivel del suelo, con sus
propios jardines y acceso a los acueductos, sin duda no percibía las
desventajas de mi nido de águila. Yo temía que los cimientos
cedieran y que seis plantas se derrumbaran en una bocanada de polvo
de yeso o que una noche ardiente no despertase cuando sonara la
alarma de los vigilantes contra incendios, con lo cual me freiría en
mi propia grasa.
(DAVIS,
Lindsay. La Plata de Britannia. P. 26. Barcelona, Edhasa.
1991) |