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La
situación de Roma se había fortalecido tanto que ya militarmente
podía considerarse a la par con cualquier otra de las poblaciones
vecinas; pero por la escasez de mujeres aquel poderío no duraría más
que la vida de los que vivían entonces... Pómulo envió legados a
esas poblaciones con el encargo de proponerles alianzas y
matrimonios con su nuevo pueblo... En ningún lado fue bien recibida
la embajada... La juventud romana lo tomó muy a mal y empezó a
orientar el asunto decididamente por la vía de la violencia.
Proporcionaría el momento y el lugar oportunos para ello, al
preparar Rómulo, disimulando su amargura unos Juegos dedicados con
carácter solemne a Neptuno. Después ordena comunicar a los pueblos
vecinos el espectáculo... Por curiosidad de ver la nueva ciudad se
reúnen allí muchos mortales, sobretodo aquellos que habitaban mas
cerca; había acudido también todo el pueblo de los Sabinos con sus
hijos y sus mujeres [...] Cuando llegó el momento del espectáculo y
las mentes, al igual que ojos, estaban pendientes de él, como estaba
tramado se desencadenó la violencia y a una señal dada jóvenes
romanos se lanzaron a raptar a las chicas... Estalla la guerra
entre los romanos y los distintos pueblos sabinos...; los sabinos y
los romanos renuevan la lucha medio de un valle hondo entre dos
montes... Entonces las mujeres sabinas a raíz de cuya ofensa
había surgido la guerra, mesándose los cabellos y con las vestiduras
desgarradas, vencido el natural pavor mujeril al peligro, se
atrevieron a meterse en medio de la lluvia de flechas, logrando,
merced a su irrupción en medio de las filas, separar a los dos
ejercitos enfrentados y separar los odios, suplicando bien a padres
bien a sus maridos, que no mancharan con un parricidio a los frutos
de sus entrañas, nietos para unos hijos para otros. (TITO
LIVIO. Ab urbe condita,
I.)
(Doble espacio) |