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Rómulo reservó
al rey estas prerrogativas: en primer lugar, presidir los asuntos
sagrados y los sacrificios y cumplir todo lo que fue previsto por la
voluntad de los dioses; a continuación, en tanto que guardián de las
leyes y de las costumbres de los antepasados, ocuparse de la
justicia según el derecho natural y el derecho establecido: juzgar
los mayores crímenes, encomendar los menores a los senadores, pensar
en impedir todas las faltas en el proceso; reunir al senado y
convocar al pueblo, expresar el primero su opinión y ejecutar las
decisiones de la mayoría. Tales fueron los poderes acordados al rey
y tuvo, además de éstos, el mando supremo de la guerra. A la
asamblea del senado atribuyó igualmente el honor y el poder: decidir
sobre todas las cuestiones que el rey le sometiera y, de hacerlo,
mediante un voto, y se debía tomar la decisión de la mayoría... A la
masa del pueblo asignó tres poderes: elegir los magistrados,
sancionar las leyes y decidir sobre la paz y la guerra cuando el rey
se lo demandara; pero, incluso entonces, la autoridad del pueblo
estaba sin control, pues le era necesario el acuerdo del senado. El
pueblo no votaba masivamente, sino que era convocado por curias; lo
que había parecido bueno a la mayoría de las curias era atribuido
inmediatamente al senado. (DIONISIO DE HALICARNASO. Historia antigua de Roma,
II)
(Doble espacio) |