|
Cuentan que los judíos,
tras huir de la isla de Creta, se asentaron en el extremo de Libia,
en la época en que Saturno abandonó su reino expulsado por Júpiter.
Una prueba se obtiene de su nombre: en Creta hay un famoso monte
llamado Ida, y los que junto a él habitaban, los ideos, tras haberse
alargado su nombre al modo bárbaro, se llamarían judíos. Dicen
algunos que, reinando Isis, la multitud que hacía rebosar Egipto se
alivió marchando a las tierras vecinas bajo la guía de Jerosolimo y
Judá. Muchos afirman que son de la raza de los etíopes, y que en el
reinado de Cefeo el miedo y el odio los empujaron a mudar de patria.
Hay quienes cuentan que unos advenedizos asirios, pueblo carente de
tierras, se apoderaron de una parte de Egipto, y que luego pasaron a
habitar sus propias ciudades, las tierras hebreas y la zona próxima
a Siria. Dicen otros que los judíos tienen un ilustre origen: que
los sólimos, pueblo celebrado en los poemas de Homero, dieron nombre
con el suyo a la ciudad de Jerusalén, por ellos fundada.
La
mayoría de los autores están de acuerdo en que, habiendo surgido en
Egipto una epidemia que manchaba los cuerpos, el rey Bóccoris acudió
pidiendo remedio al oráculo de Hammón, y que éste le ordenó
purificar su reino y alejar hacia otras tierras a esa raza, en
cuanto que aborrecida por los dioses; que así, después de buscado y
reunido aquel pueblo fue abandonado en lugares desiertos y que,
mientras los demás se quedaron abatidos y llorando, Moisés, uno de
aquellos desterrados, les aconsejó que no esperaran ayuda alguna de
los dioses o los hombres, abandonados por unos y otros, y que se
fiaran sólo de sí mismos, teniendo como guía celestial a aquel que
fuera el primero en ayudarles a alejar las miserias que los
agobiaban. Asintieron, y sin saber nada de nada emprenden el camino
de la aventura. Mas nada los hacía sufrir tanto como la falta de
agua; y ya se habían tendido por toda la llanura esperando su final,
cuando una recua de asnos salvajes que volvía de pastar se retiró
junto a una peña a la sombra de un bosque. Moisés fue tras ellos, y
echando cuentas por la hierba que había en el suelo descubrió
abundantes venas de agua. Esto les sirvió de alivio y, tras caminar
seis días sin detenerse, al séptimo, después de expulsar a sus
habitantes, se hicieron con las tierras en las que levantaron su
ciudad y dedicaron su templo.
Moisés, con el fin de
asegurarse a su gente para el futuro, le dio ritos nuevos y
contrarios a los de los demás mortales. Allí es profano todo cuanto
entre nosotros es sagrado y, a la inversa, está permitido entre
ellos lo que para nosotros es abominable. En su santuario
consagraron una imagen del animal por cuya guía se habían librado de
su errar y de su sed, tras sacrificar un carnero, como para agraviar
a Hammón. También sacrifican un buey, porque los egipcios veneran a
Apis. Del cerdo se abstienen por el recuerdo de cierta calamidad,
porque antaño los había manchado la sarna, a la que ese animal es
propenso. De su larga hambre de tiempos pasados dan todavía
testimonio con repetidos ayunos y, como símbolo de ha avidez con que
echaron mano del grano, el pan judío sigue sin tener levadura
alguna. Dicen que les pareció oportuno descansar el séptimo día
porque ése fue el que les trajo el final de sus fatigas; luego,
dejándose llevar por la pereza, también consagraron a no hacer nada
uno de cada siete años. Creen otros que esto lo hacen en honor de
Saturno, ya porque los principios de su religión les vengan de los
ideos, de los que se cuenta que fueron desterrados junto con Saturno
y que fundaron ese pueblo, ya porque de los siete astros por los que
son gobernados los mortales se dice que el planeta Saturno es el de
órbita más alta y el de máximo poder, y que la mayoría de los
cuerpos celestes hacen su camino y su órbita según números múltiplos
de siete.
Estos ritos, fuera cual fuera el modo en que se
introdujeron, están respaldados por su antigüedad; el resto de sus
prácticas, siniestras y vergonzosas, se han impuesto gracias a la
depravación. En efecto, las peores gentes, despreciando las
religiones de sus padres, amontonaban allí tributos y donativos, con
lo que se engrandeció el poder de los judíos; también porque entre
ellos practican una lealtad inquebrantable y una misericordia
siempre pronta, y en cambio sienten un odio hostil hacia todos los
demás. En los banquetes se sientan separados, y también tienen
aparte sus dormitorios. Aunque son hombres muy proclives a las
pasiones, se abstienen de trato carnal con las extranjeras; entre
ellos nada es ilícito. Tienen prescrita la circuncisión de los
genitales para reconocerse por esa diferencia. Los que se han
convertido a sus costumbres siguen la misma práctica. Nada se les
inculca antes que el desprecio a los dioses, eh desamor a la patria
y el tener a padres, hijos y hermanos por cosa sin valor. Sin
embargo, se preocupan de hacer crecer su pueblo; pues también
consideran sacrilegio matar a uno de los hijos no esperados. Creen
que las almas de los que mueren en la batalla o en los suplicios son
inmortales; de ahí su afán de engendrar y su desprecio de la muerte.
Los cuerpos prefieren enterrarlos que quemarlos, siguiendo en esto
ha costumbre egipcia, y tienen las mismas observancias y creencias
en lo referente a los infiernos, y las contrarias sobre el cielo.
Los egipcios veneran por lo general a animales e imágenes por ellos
fabricadas; los judíos conciben a la divinidad sólo con el
pensamiento, y a una sola. Tienen por impíos a quienes fabriquen
imágenes de dioses con materiales perecederos y con apariencia de
hombres; aquel ser supremo y eterno suyo no es imitable ni puede
perecer. En consecuencia, no hay en sus ciudades estatua alguna, ni
tampoco las ponen en sus templos. Esa clase de adulación no la
practican con los reyes, ni rinden tal honor a los Césares. Ahora
bien, como sus sacerdotes cantaban acompañándose de flautas y
tamboriles, se adornaban con hiedras y en el templo se encontró una
vid de oro, algunos han pensado que a quien rinden culto es al Padre
Líber, dominador del Oriente, aunque las prácticas no coinciden en
modo alguno; porque Líber instituyó unos ritos festivos y alegres, y
los usos de los judíos son grotescos y sórdidos.
(TÁCITO. Historias, 5, 2-5 [José Luis
Moralejo
Álvarez]) |