Era aproximadamente de mediana estatura; tenía
el cuerpo cubierto de manchas y exhalaba mal olor; su cabello tiraba
a rubio, su rostro era más hermoso que atractivo, y sus ojos, azules
y algo miopes; tenía el cuello grueso, el vientre abultado, las
piernas muy delgadas, y gozaba de una salud excelente, pues a pesar
del absoluto desenfreno en que vivía, en catorce años sólo cayó
enfermo tres veces, y aun así sin tener que renunciar al vino ni a
sus restantes hábitos; mostraba tan poco decoro en su arreglo
personal y en su forma de vestir, que, además de llevar siempre la
cabellera escalonada, en su viaje a Acaya se la dejó crecer incluso
por detrás de la cabeza, y con mucha frecuencia aparecía en público
vestido con una bata, un pañuelo anudado al cuello, sin cinturón y
descalzo. Durante su niñez abordó casi todos los estudios
liberales1; pero su madre le apartó de la
filosofía, advirtiéndole que era perniciosa para una persona
destinada a ser emperador, y su preceptor Séneca del conocimiento de
los antiguos oradores, para conservar por más tiempo su admiración.
Así pues, sintiendo una especial inclinación hacia la poesía,
compuso versos por placer y sin esfuerzo, y no publicó bajo su
nombre los de otros, como algunos piensan. Han llegado a mis manos
unas tablillas y papeles que contenían algunos conocidísimos versos
suyos, escritos de su puño y letra; saltaba a la vista que no habían
sido copiados ni tomados al dictado, sino que eran claramente obra
de una persona que medita y crea: tantas tachaduras, añadidos y
correcciones presentaban. Sintió también una gran afición por la
cultura y la escultura.
(SUETONIO. Vida de
los doce Césares, 6, 51- 52 [Rosa María Agudo Cubas
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