En Roma al primer anuncio de aquella
derrota se produjo en el foro una aglomeración de gente en medio de
un gran miedo y alboroto. Las matronas vagaban por las calles
preguntando a quienes encontraban sobre el anuncio de la derrota y
sobre la suerte del ejército. Y como la muchedumbre se
volviera hacia el comicio y la curia a modo de una asamblea numerosa
para convocar a los magistrados, por fin no mucho antes de la puesta
del sol el pretor M. Pomponio dijo: "Hemos sido derrotados en una
gran batalla". Y pese a que de él no se escucho ninguna otra
noticia, sin embargo volvían a sus casas llenos de rumores que se
transmitían de unos a otros, como que el cónsul había caído con gran
parte de sus tropas, que sobrevivían unos pocos, que o andaban
esparcidos en su huida por todas partes de Etruria o habían sido
hechos prisioneros por el enemigo. Las desgracias del ejército
vencido habían llenado de angustia, según el alcance de aquellas a
quienes tenían parientes sirviendo a las órdenes del cónsul
Gayo Flaminio, pues ignoraban la suerte corrida por cada uno de los
suyos; nadie tenía suficnientemente claro si tener miedo o abrigar
esperanzas. Al día siguiente y algunos después se apostó junto a las
puertas una muchedumbre casi de más mujeres que de hombres
aguardando a alguno de los suyos o noticias de ellos; rodeaban a
quienes encontraban agobiándolos con preguntas, sin que pudieran
apartarlas especialmente los conocidos hasta no haberse enteradop de
todo el detalle. Poco después se podía observar las expresiones
diferentes de los rostros de quienes se marcharon, según se les
anunciara a cada cual noticias alegres o tristes, así como a los que
rodeaban a quienes regresaban a casa para felicitarles o
consolarles. Las mujeres eran quienes de forma especial
expresaban alegría o luto. Una, cuentan, que se encontró de repente
a su hijo en la misma puerta y expiró en sus brazos; otra a quien se
le había anunciado falsamente la muerte de su hijo, cuando
estaba sentada en casa embargada por la triteza, cayó exánime
de la alegría al ver el regreso de su hijo.
(TITO
LIVIO. Los orígenes de Roma, 23, 7, 6-13 [Antonio
Ramírez de
Verger])