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A dondequiera que vuelvo
la mirada, descubro indicios de mi vejez. He llegado a mi quinta,
cercana a Roma, y deploro los gastos de aquel edificio ruinoso. El
granjero me asegura qué no es imputable a negligencia de su parte,
que él hace todo lo necesario, pero que la quinta es vieja. La
quinta surgió entre mis manos: ¿qué porvenir me aguarda si tan
descompuestos están unos sillares tan viejos como
yo?
Indignado con él, aprovecho la primera ocasión para
desahogar mi enojo: "Es evidente", digo, "que estos plátanos están
desatendidos: no tienen hojas. ¡Qué ramas tan nudosas y resecas!
¡qué troncos tan feos y rugosos! Esto no ocurriría si alguien cavase
en derredor suyo y los regase". Él jura por mi genio que hace
todo lo necesario sin descuidar la atención en ningún aspecto, pero
que los plátanos tienen sus años. Que quede entre nosotros; yo los
había plantado, yo había visto sus primeras hojas.
Vuelto
hacía la entrada, pregunto: "¿quién es ese de ahí, ese decrépito,
destinado con razón a hacer de portero? Porque ya está con los pies
mirando hacia fuera. ¿De dónde has sacado a este individuo? ¿qué
placer encontraste en cargar con un muerto ajeno?". El aludido
respondió: "¿No me conoces? Soy Felición, a quien solías regalar
estatuillas; soy el hijo del granjero Filosito, soy tu favorito".
"Éste", digo para mí, "delira completamente: ¿el nene se ha
convertido también en mi favorito? Bien pudiera serlo: precisamente
ahora que le caen los dientes".
Esto debo a mi quinta: que mi
vejez se me haga patente a dondequiera que me dirijo. Démosle un
abrazo y acariciémosla; está llena de encantos, con tal que sepamos
servirnos de ella. La fruta es muy sabrosa cuando está terminando la
cosecha. El final de la infancia ofrece el máximo atractivo. A los
aficionados al vino les deleita la última copa, aquella que les pone
en situación, que da el toque final a la embriaguez. La mayor
dulzura que encierra todo placer la reserva para el final. Es
gratísima la edad que ya declina, pero aún no se desploma, y pienso
que aquella que se mantiene aferrada a la última teja tiene también
su encanto; o mejor dicho, esto mismo es lo que ocupa el lugar de
los placeres: no tener necesidad de ninguno. ¡Qué dulce resulta
tener agotadas las pasiones y dejadas a un lado!
"Es penoso",
objetas, "tener la muerte a la vista". En primer término, ella debe
estar en la consideración tanto del viejo como del joven, pues no
somos convocados a ella según el censo; además, nadie hay tan
anciano como para no aguardar razonablemente un día más. Ahora bien,
un día es un peldaño en la vida. Toda la existencia consta de partes
y presenta círculos mayores descritos alrededor de otros más
pequeños. Hay uno que rodea y los envuelve a todos; éste comprende
desde el nacimiento hasta el último día; hay otro que delimita los
años de la adolescencia, otro que encierra en su. ámbito toda la
niñez. Luego, como unidad aparte, está el año que incluye en sí
todas las estaciones de cuya multiplicación se compone la vida; al
mes lo rodea un círculo más estrecho; la órbita más corta la
describe el día; también ésta se extiende desde el principio al fin,
desde el orto hasta el
ocaso1.
Por ello Heráclito, que
se ganó el sobrenombre de "oscuro" por la "obscuridad" de su
exposición, dijo: "Un día es igual a otro cualquiera",
sentencia que cada cual interpretó de modo distinto. Así hubo uno
que dijo era igual en cuanto a las horas y no se equivocó; porque si
el día es el espacio de veinticuatro horas, es preciso que
todos días sean iguales entre sí, toda vez que la noche gana lo
que el día perdió. Otro interpretó que un día era igual a todos por
razón de semejanza, ya que el espacio de tiempo más prolongado nada
contiene que no se halle en un solo día: claridad y noche; y en los
cambios sucesivos de estación la noche unas veces más corta, otras
más larga, mantiene iguales los días.
Así, pues, hay que
organizar cada jornada como si cerrara la marcha y terminara y
completara la vida. Pacuvio, que se hizo dueño de Siria por derecho
de uso, después de haber celebrado exequias en su honor con
libaciones y banquetes fúnebres muy sonados, se hacía conducir de la
cena a su aposento mientras en medio de los aplausos de sus
favoritos se cantaba con acompañamiento de música: "la vida ha
terminado, la vida ha terminado". Ningún día dejó de celebrar su
propio entierro.
Esto mismo que él realizaba con mala
conciencia, practiquémoslo nosotros con noble intención y en el
momento de entregarnos al sueño digamos alegres y contentos: He
vivido, he consumado la carrera que me había asignado la fortuna Si
Dios nos otorga, además un mañana, recibámoslo con júbilo. Es muy
feliz y dueño seguro de sí aquel que espera el mañana sin inquietud.
Todo el que dice: "he vivido", al levantarse recibe cada día una
ganancia.
Pero debo ya terminar la epístola. "Llegará a mí",
preguntas, "así, sin donativo alguno?". No temas, alguno lleva
consigo. ¿Por qué he dicho alguno?, ¡alguno, y de peso! ¿Qué
sentencia, en efecto, hay más hermosa que ésta que le encomiendo a
ella para que te la transmita a ti?: "Es un mal vivir en necesidad,
pero no hay ninguna necesidad de vivir en necesidad". ¿Por qué ha de
haberla? En todas direcciones se abren hacia la libertad muchos
caminos cortos y expeditos. A Dios gracias de que nadie pueda ser
retenido en la vida: es lícito hollar las necesidades
mismas.
"Epicuro lo ha dicho"2,
me adviertes: "¿qué tienes tú que ver con un extraño?". Todo cuanto
es verdad, me pertenece; continuaré en mi empeño de inculcarte a
Epicuro, a fin de que esos que juran con la fórmula del maestro y
consideran no lo que se dice, sino quien lo dice, sepan que las
mejores cosas son patrimonio común.
(SÉNECA. Epístolas morales a
Lucilio, 1, 12 [Ismael Roca
Meliá])
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