|
Dejemos de querer las cosas que
hemos querido. Por mi parte es eso lo que procuro no querer de viejo
lo mismo que quise de niño. Éste es el único
objetivo de mis días y de mis noches; ésta es mi ocupación, éste mi
pensamiento: poner fin a mis antiguos extravíos. Me esfuerzo en
que un día sea para mí como la vida entera. ¡Por Hércules! que
no por considerarlo el último me aferro a él, sino que le contemplo
cual si pudiera, muy bien, ser el
último.
Con tal disposición te escribo
esta epístola como si a mí, en el momento preciso de escribirte, la
muerte tuviera que emplazarme. Estoy dispuesto para salir, y por lo
mismo fruiré de la vida, porque el tiempo que ha de durar este
goce no me preocupa demasiado. Antes de mi vejez procuré vivir
rectamente; en la misma vejez morir con dignidad; pero morir con
dignidad es morir de buen grado.
Ten cuidado de no hacer nada
contra tu voluntad. Todo lo que necesariamente ha de acontecer al
que resiste, no constituye una necesidad para el que lo acepta
gustoso. Así lo mantengo: quien acoge de buen grado las órdenes,
escapa a la exigencia más penosa de la servidumbre: la de hacer lo
que no quisiera. No es uno desgraciado por hacer lo que le mandan,
sino por hacerlo contra su voluntad. Por lo tanto, dispongamos
nuestra alma en orden a querer todo cuanto la situación nos exija, y
en primer lugar a pensar sin tristeza en nuestro
fin.
Hemos de aparejarnos para la
muerte antes que para la vida. La vida está harto provista, pero
nosotros estamos siempre con ansias de abastecerla: nos parece y
siempre nos parecerá que nos falta algo. Que hayamos vivido lo
suficiente no lo consiguen ni los años ni los días, sino el alma. He
vivido, Lucilio carísimo, todo el tiempo que era suficiente.
Satisfecho aguardo la
muerte..
(SÉNECA.
Epístolas Morales a Lucilio, 61 [Ismael Roca
Meliá])
|