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La muerte nada es, ni nos
importa, puesto que es de mortal naturaleza: y a la manera que
en el tiempo antiguo no sentimos nosotros el conflicto cuando
el cartaginés con grandes fuerzas llegó por todas partes a
embestirnos; cuando tembló todo el romano imperio con trépido
tumulto, sacudido de horrible guerra en los profundos
aires; cuando el género humano en mar y tierra suspenso estuvo
sobre cuál de entrambos vendría a subyugarle; pues lo
mismo, luego que no existamos, y la muerte hubiere separado
cuerpo y alma, los que forman unidos nuestra esencia nada
podrá sin duda acaecernos y darnos sentimiento, no existiendo:
(840) aunque el mar se revuelva con la tierra, y aunque
se junte el mar con las estrellas. Y aunque el alma y espíritu
tuvieran sensaciones después de divididos, interés no
tomáramos en ello; siendo nosotros sólo el resultado del
enlace y unión del alma y cuerpo: ni aunque después de muertos
recogiese nuestra materia el tiempo, y la juntase segunda
vez como al presente se halla, y a la luz de la vida nos
volviese, este renacimiento nada fuera (850) siendo una
vez cortada la existencia. Ninguno de nosotros se molesta por
lo que un tiempo fue, ni se entristece por los sujetos que ha de
hacer el tiempo de la materia nuestra . Pues si miras la
inmensidad de los pasados siglos y la asombrosa variedad que
tienen todos los movimientos de materia, podrás tú conocer
muy fácilmente que en el orden actual se han combinado más de
una vez los mismos elementos. Esto no lo comprende la
memoria, porque ha mediado pausa en nuestra vida (860) y
se han extraviado los principios de nuestras almas con los
movimientos nuevos enteramente a los sentidos. No hay, pues,
por qué temer desgracia alguna si se vive aquel tiempo que podría
dejarse ésta sentir. Como la muerte, quitando de la vista
aquel sujeto a quien pueden caber los infortunios
(LUCRECIO. La Naturaleza de Las
Cosas, 3, 830 -865 [Abate Marchena / Agustín García
Calvo])
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