Sígueme siempre tú, y escucha ahora
cuál es el movimiento
con que engendran
y a los cuerpos destruyen los principios
de
la materia, y cuál es el impulso
y cuál la rapidez que hace que
vuelen
por el espacio inmenso sin descanso.
Porque
seguramente la materia
no es una masa inmóvil, pues que vemos
disminuirse un cuerpo, y de continuo
manando, se consumen a
la larga
y el tiempo nos los roba de la vista;
se conserva sin
pérdidas la suma: (70)
empobreciendo un cuerpo, los
principios
van a enriquecer otro, y envejecen
los unos para
que otros reflorezcan;
ni en un sitio se paran; de este
modo
el universo se renueva siempre,
y se prestan la vida los
mortales;
crecen unas especies y se acaban:
y en poco tiempo
las generaciones se mudan
y la antorcha de la vida cual ágiles
cursores se transmiten.
Si piensas, tú que los, principios
pueden cesar,
que cesando engendran nuevos
impulsos, la
verdad de ti se aleja:
pues movidos en medio del vacío
los
principios es fuerza que obedezcan
o a su gravedad misma, o al
impulso
quizá de causa externa; desde arriba
precipitados,
pues encuentran otros
que a, un lado los apartan de
repente;
no es maravilla, porque son pesados,
durísimos y
sólidos, y nada
les pone estorbo alguno por su espalda.
Y para
que del todo te convenzas
de que generalmente los
principios
están en movimiento ten presente
no darse lugar,
ínfimo en el todo, (90)
donde se paren los primeros
cuerpos,
porque inmenso, infinito es el espacio.
No
reposan jamás en el vacío
los principios: por su naturaleza
en movimiento siempre variado
unos a gran distancia son
lanzados,
otros se apartan menos, y se enlazan
en el choque.
Si es breve su distancia,
se repelen poco, y su
tejido (100)
se liga íntimamente,
constituyen
las rocas solidísimas, y el hierro,
y una corta
porción de otras sustancias
de esta naturaleza: si, al
contrario,
el choque los rechaza y los dispersa,
y los hace
vagar por el espacio, en largos intervalos,
nos ofrecen del Sol
la luz brillante y aire raso.
Y vagan además por el
vacío
muchos que están privados de juntarse, (110)
o que
jamás pudieron agregados
entrar en el concorde movimiento;
de lo cual una imagen y figura
continuamente hiere nuestros
ojos,
cuando del Sol los rayos se insinúan
de través por las
piezas tenebrosas.
Si reparas, verás cómo se agitan
átomos
infinitos de mil modos
por el vacío en el luciente rayo:
y en
escuadrones, en combate eterno
se dan crudas batallas y peleas,
y no paran jamás: y a se dividen,
y ya completamente se
repliegan. (120)
De aquí puedes sacar que en el vacío
eternamente los principios giran:
un efecto vulgar puede
servirnos
de modelo y de guía en cosas grandes.
En los rayos
del Sol rápidamente
movidos estos cuerpos, fijar deben
nuestra atención pues su girar eterno
prueba un choque
secreto y clandestino
de los átomos: muchos se extravían,
como verás a un golpe imperceptible;
retroceden, y aquí y
allí se lanzan
en toda dirección por todas
partes: (130)
los principios se mueven por sí mismos
y dan el movimiento a aquellos cuerpos
que se componen de
una masa fina
y análoga a sus débiles esfuerzos;
los últimos
atacan a los cuerpos
un poco más groseros; de este modo
de los
principios nace el movimiento,
y llega a los sentidos de
seguida,
hasta que los corpúsculos se mueven
que en los rayos
del Sol vemos nosotros, (140)
sin que podamos ver quién los
agita.
Y la movilidad que la materia
comunica a los cuerpos,
oye, ¡oh Memmio!
cuán asombrosa es: cuando
derrama
primeramente nueva luz la aurora
por las tierras, y
cuando revolando
en bosques retirados varias aves
llenan la
soledad y el aire tierno
de voces armoniosas, ¡cuán de
pronto
el Sol nacido suele en este tiempo,
esparciendo sus
rayos abundantes,
adornar con su luz naturaleza!
Todos lo
vemos y nos es muy claro:
no obstante, estos corpúsculos
lucientes (150)
que el Sol nos manda, por vacío
espacio
no atraviesan; su marcha se retarda
dividiendo los
flúidos del aire:
y como no son átomos aislados,
sino especie
de masas y hacecillos,
encuentran en sí mismos y por
fuera
causas que los detengan en su marcha.
Al
contrario, son sólidos y simples
los átomos que cruzan el vacío
sin peligro de obstáculos externos.
Forman ellos un solo y
mismo todo,
y juntando el esfuerzo de sus partes
hacia el
único blanco de su impulso,
deben aventajar en ligereza,
(160)
y con mayor presteza ser movidos,
que los rayos
del Sol, y en igual tiempo
deben correr mucho mayor espacio
que cuando el Sol se lanza por el cielo.
Pues nadie supondrá
que los principios
pudieran por sí mismos detenerse
ni entre
sí calcular el movimiento
y concertar un plan perfecto y
sabio.
(LUCRECIO. La Naturaleza de Las
Cosas, 2, 62 -166[Abate Marchena / Agustín García
Calvo])