|
CREMES. - Aunque nuestro
mutuo conocimiento es muy reciente -arranca de la fecha en que
compraste una propiedad en estas cercanías y casi no ha habido entre
nosotros más relaciones- sin embargo tu honradez, y también la
vecindad, que para mí es frontera de la amistad, me inducen a
darte con franqueza un consejo de amigo: me parece que tu proceder
no está de acuerdo con tu edad ni con lo que requiere tu posición.
Pues, por los dioses y los hombres, ¿qué pretendes? ¿Qué fin
persigues? Tienes ya sesenta años, o algo más, a lo que entiendo;
finca mejor o de mayor precio nadie la posee en estos contornos;
gran número de esclavos, y ... como si no tuvieras ninguno: tanto te
afanas tú mismo por desempeñar los menesteres que les son propios.
Por temprano que salga de casa o por tarde que vuelva a ella siempre
he de contemplarte en tu finca o cavando o arando o transportando
algo; en fin, no paras un minuto, no tienes miramiento a tu propia
persona. Que ello no constituye para ti una fiesta, por seguro lo
tengo. "Pero", me dirás, "no estoy satisfecho con la labor que aquí
se me hace". - Más adelantarías si aplicaras a poner en movimiento a
los demás las energías que consumes en realizar tú mismo el
trabajo. MENEDEMO. - Cremes, ¿tan libre te dejan tus asuntos que
hayas de preocuparte de los ajenos aunque no te afecten para
nada? CREMES. - Soy hombre y no considero como ajena la
preocupación de ningún hombre. Hazte cuenta que te doy un consejo o
que me informo: para imitarte, si tienes razón, o para corregirte en
el caso contrario. MENEDEMO. - Yo necesito proceder de esta
manera; tú actúa como hayas de actuar. CREMES. - ¿Puede hombre
alguno necesitar atormentarse a sí mismo? MENEDEMO. - Yo (lo
necesito). CREMES. - Si te aquejara algún infortunio, lo
lamentaría; pero, ¿qué desgracia es la tuya, por favor? ¿Qué has
hecho para merecer tan duro trato? MENEDEMO. -
¡Ay! CREMES. No llores, y, sea lo que sea, desahógate
conmigo. No te cohíbas, habla sin temor, pon en mí tu confianza, te
digo; te ayudaré o con mis palabras, o con mis consejos, o con mi
dinero. MENEDEMO. - ¿Lo quieres saber? CREMES. Sí, por el
motivo que te acabo de decir. MENEDEMO. Lo vas a
oír. CREMES. Pues deja entretanto esa azada, no
trabajes. MENEDEMO. De ninguna manera. CREMES. ¿Qué
pretendes? MENEDEMO. - Permite que no me conceda un momento de
descanso en el trabajo. CREMES. - No, te digo, no lo permitiré.
(Le arranca la azada de las manos). MENEDEMO. - ¡Ah! No tienes
razón. CREMES. - ¡Oh! Y ¿cómo tan pesada? MENEDEMO. - Todo
eso me merezco. CREMES. - Ahora habla. MENEDEMO. - Tengo un
hijo único, muy joven ... Pero ¿cómo he dicho "tengo"? No, Cremes,
lo tuve; pues ahora ignoro si lo tengo o no lo
tengo. CREMES. ¿Cómo es eso? MENEDEMO. - Lo vas a oír.-
Hay aquí una anciana, forastera, natural de Corinto, muy pobre: mi
hijo se enamoró perdidamente de su hija, y ya casi la tenía por su
mujer; todo ello sin que yo me enterara. Cuando supe el caso, en
lugar de tratarlo con suavidad, como requiere el corazón enfermo de
un joven, acudí a la violencia, al procedimiento habitual de los
padres. Cada día un sermón: "Dime ¿crees que se te ha de permitir
por mucho tiempo, en vida de tu padre, continuar así, haciendo de
esta amante ya casi tu mujer? ¡Estás equivocado si tal
piensas, y no, me conoces, Clinia. Yo consiento en que pases por mi
hijo mientras tu conducta sea digna de, ti; pero si tu conducta no
es esa, yo sé cuál ha de ser la digna conducta que he de observar
contigo. Sólo hay una razón a todo esto es el fruto de una excesiva
ociosidad.
Yo, a tu edad, no me
ocupaba de amores: por falta de recursos abandoné este país para
irme a Asia y allí, en el oficio de las armas, hallé a la vez la
gloria y el dinero". El resultado final fue éste: el muchacho, a
fuerza de oír las mismas palabras y con la misma aspereza se rindió;
creyó que mis años y mi cariño (de padre) me daban más luz y una
previsión que él a si mismo: Se ha ido a Asia a ser soldado del rey,
¡Cremes!.
(TERENCIO. El Atormentador de sí
mismo, 53 -115 [Lisardo Rubio
Fernández])
|