|
¡Ven, Leandro, para que de verdad
pueda tener la salud que me mandaste por carta y de palabra! Inmenso
es para mí el tiempo que retrasa mis placeres. ¡Perdóname la
confesión! Soy impaciente en mi pasión. El mismo fuego
nos abrasa, pero mis fuerzas no son las mismas; sospecho que los
hombres tienen un natural más fuerte. Igual que lo es su cuerpo, es
débil el corazón de las muchachas; añade más tiempo a tu demora y
moriré. Vosotros, ya cazando, o ya ocupándoos de la rica tierra,
pasáis largas temporadas en diversos entretenimientos. O bien os
retienen los foros, o los regalos de la pringosa palestra, o
gobernáis la brida de un caballo bien domado; ya cogéis el pájaro a
lazo, ya el pez con anzuelo; y las últimas horas se diluyen con los
vinos por delante. A mí, privada de todo eso, aun si me abrasara un
fuego más suave, no me queda otra cosa que hacer sino amar. Y eso
que me queda es lo que hago, amarte, oh mi único placer, y amarte
más de lo que se me puede corresponder. O bien cuchicheo con mi
nodriza cosas de ti y le pregunto extrañada qué causa hay que
retrase tu partida, o miro al mar y casi con tus mismas palabras
insulto las aguas revueltas por el odioso viento, o cuando la
malvada ola abandona por un tiempo su crueldad, me lamento de que,
pudiendo venir ya, no quieres, y mientras me lamento llueven
lágrimas de mis ojos enamorados, que mi anciana cómplice seca
con sus temblorosos dedos. Muchas veces miro si en la orilla están
tus pasos, como si conservara la arena las marcas sobre ella; y para
preguntar por ti o escribirte pregunto si alguien viene de
Abido o si alguien para Abido sale. ¿Qué voy a contarte de los
muchos besos que doy a la ropa que te quitas antes de meterte en las
aguas del Helesponto? Así, cuando se ha ido ya la luz, y la noche,
el momento más amigo, expulsa al día y muestra las brillantes
estrellas, en seguida dejo el farol, que no duerme,en lo alto
de la almena, señal y guía del camino de siempre, y nos ponemos a
dar vueltas al huso y a retorcer las hebras para engañar la larga
espera en labores propias de mujeres. ¿Me preguntas de qué hablo
durante tanto rato? Otra cosa no hay en mis labios que el nombre de
Leandro. '¿Tú crees que habrá salido ya mi alegría de su casa, ama,
o estarán todos despiertos y teme a los suyos? ¿Tú crees que ya
se habrá quitado la ropa y que estará untándose el cuerpo de
pringoso aceite?' Ella hace una especie de asentimiento, no porque
le importen nuestros besos, sino porque el sueño traicionero le
mueve su cabeza de anciana. Y al cabo de un momentito le digo:
'Seguro que ya navega y ya sus flexibles brazos a golpes
hienden las aguas'. Y cuando no he hecho sino unas pocas hebras que
tocan el suelo, me pregunto si estarás tal vez en la mitad del
mar. Y ya miro a lo lejos, ya pido con voz temblorosa que una brisa
favorable te haga fácil el camino. Mientras, a mis oídos llegan unas
voces y yo me creo que cualquier ruido es el de tu
llegada.
Así, cuando entre desengaños ha pasado la mayor parte de la noche, a
mis ojos cansados les sorprende el sopor. Y es posible que tú,
malvado, duermas conmigo a disgusto y que vengas pese a que no
quieres venir. Porque me parece que te veo nadando ya cerca, y ahora
creo que echas tus brazos mojados a mis hombros, ahora creo que te
pongo el mismo manto de siempre por tu cuerpo empapado, ahora creo
que en tu seno calientas mi pecho; y muchas más cosas que tiene
que callar una lengua pudorosa, cosas que da gusto hacer, pero da
vergüenza contar. ¡Pobre de mí! ¡Placer breve e irreal es ése,
porque siempre te sueles ir tú detrás de mi sueño! ¡Ojalá que
lleguemos un día a unirnos más fuerte los ardientes amantes y que a
nuestro placer no le falte verdadera realidad! ¿Por qué he
pasado fría tantas noches solitarias, por qué me faltas tantas
veces, descuidado nadador? Reconozco que todavía el mar
no está disponible para nadar; pero ayer por la noche hizo un viento
más suave. ¿Por qué no lo aprovechaste? ¿Por qué temías lo que no
iba a pasar? ¿Por qué se malogró un viaje tan bueno y no
emprendiste el camino? Aunque se te ofrezca en seguida una
ocasión parecida de salir, la otra era más buena, sólo porque era
anterior. 'Pero el hondo mar se agita y cambia de aspecto en un
instante' Muchas veces, cuando te aligeras, llegas en menos tiempo.
Yo creo que si el mal tiempo te cogiera aquí no tendrías nada
de qué quejarte, y conmigo abrazada a ti jamás él te haría daño.
Entonces yo sí que iba a escuchar feliz los vientos silbar y
suplicaría que nunca estuvieran tranquilas las aguas. ¿Qué ha
pasado entonces para que te hayas vuelto tan temeroso de las olas y
respetes tanto al mar que antes desafiabas? Yo me acuerdo haberte
visto llegar con el mar no menos cruel y amenazador que ahora, o no
mucho menos; cuando te gritaba: 'Arriésgate de manera que no tenga
que llorar tu valor esta desgraciada'. ¿De dónde este extraño
temor? ¿Dónde se ha ido aquella valentía? ¿Dónde está aquel gran
nadador que desdeñaba al mar? Pero mejor es que seas así que como
antes solías ser, y que recorras seguro tu ruta por aguas
tranquilas, con tal de que sigas siendo el mismo, con tal de que me
quieras como dices en tu carta, y aquella llama no se haga fría
ceniza. No temo tanto que los vientos retrasen mis deseos como que
tu amor, igual que este viento, ande errante; que ya no valga yo
tanto la pena, y que los peligros superen a su causa y que veas en
mí una recompensa más pequeña que el esfuerzo. A veces temo que mi
lugar de nacimiento me perjudique y que se diga de mí que una
muchacha tracia no está a la altura de un esposo abideno. Pero todo
lo puedo soportar con paciencia menos que pases el tiempo
enredado con cualquier rival, todo menos que los brazos de otra te
rodeen el cuello y que con el nuevo amor llegue el final del
nuestro. ¡Ay! Mejor morir que verme herida por ese crimen, mejor que
mi muerte llegue antes que tu pecado. No digo estas cosas porque me
hayas dado indicios del mal que se avecina, ni angustiada por un
rumor reciente. Pero todo me da miedo, ¿o quién ha amado libre de
angustias? La lejanía obliga a los ausentes a tener más miedo. ¡Qué
suerte tienen esas que su presencia les obliga a darse cuenta de las
faltas verdaderas, pero les impide temer las falsas! A mí tanto
me afecta una infidelidad que no existe como se me escapa la
verdadera, y uno y otro error me provocan la misma desazón.
¡Ay, ojalá llegues, o que sea el viento o tu padre, pero nunca una
mujer, el motivo de tu retraso! Porque si me entero de alguna, me
moriré, créeme, de dolor. Fáltame cuanto antes si buscas mi muerte.
Pero ni tú me vas a faltar, ni yo tengo motivos para estos temores,
y es el temporal envidioso el que lucha porque no llegues. ¡Ay de
mí! ¡Qué olas tan enormes castigan la playa, y cómo desaparece la
luz del día oculta por oscuras nubes! Quizá la piadosa madre de
Hele1 haya venido al
Ponto2 y rocía las aguas llorando a su
hija ahogada ¿O quizá es su madrastra, convertida en diosa marina,
la que castiga al mar conocido con el odiado nombre de su hijastra?
Este sitio no es bueno, como está ahora, para las tiernas muchachas;
por culpa de esta agua murió Hele, y por ellas sufro también yo.
Pero ningún amor se debería ver contrariado con vientos por tu
culpa, Neptuno, fiel a tu
fuego3: si no son vanos
rumores de falsos delitos lo de Amimone y lo de Tiro, tan famosa por
su belleza, y lo de la reluciente Alcíone, Ceix, y la hija de
Hecateón y lo de Medusa, cuando su melena todavía no estaba
atada con serpientes, y lo de la rubia Laódice, y Celeno, admitida
en el cielo, y lo de muchas que recuerdo haber leído. Los poetas
cantan que éstas al menos, y muchas otras, fueron, Neptuno, las que
juntaron su delicado cuerpo con tu cuerpo. ¿Por qué, entonces, tú,
que tantas veces has sentido los embates del amor, nos cierras con
torbellinos el camino acostumbrado? ¡Basta, enemigo fiero! Traba tus
combates con el ancho mar. Éste es un pequeño trecho de agua que
separa dos continentes. A ti te cuadra chocar tu grandeza contra
grandes barcos, o incluso enzarzarte con flotas enteras. Pero es una
vergüenza que el dios del mar asuste a un joven nadador, es una
hazaña indigna incluso de un estanque cualquiera. Él es, además, de
noble e ilustre cuna, pero no se remonta su raza a tu odiado Ulises.
Perdónalo y sálvanos a los dos; nada uno solo, pero de las
mismas aguas dependen el cuerpo de Leandro y mis esperanzas. Y
chisporrotea la luz -pues escribo al pie de ella-, chisporrotea y me
da prósperas señales. A esto que mi ama vierte vino sobre las
faustas llamas, y dice: 'Mañana seremos más', y bebió ella también.
¡Haz que seamos más, nadando y venciendo al mar, oh tú
que formas parte de lo más hondo de mi corazón! Vuelve a tu
campamento,4desertor de tu amor y tu alianza. ¿Por qué se
pone mi cuerpo en la mitad de la cama? No hay de qué temer; la
propia Venus te ayudará en el peligro y ella, hija del mar, te
extenderá en el mar un sendero. Muchas veces me entran gamas a mí
misma de ir por las olas, pero veo que este mar suele ser más seguro
para los hombres. ¿O por qué, si no, cuando Frixo y su
hermana5 viajaron
los dos por él, sólo la mujer dio nombre a este ancho mar? ¿Quizá
temes que no haya tiempo suficiente para la vuelta, o que no puedas
resistir el peso del doble esfuerzo? Pues acudamos a encontrarnos en
medio del mar y crucemos nuestros besos allí en la superficie de las
aguas, y después volvamos cada uno de nuevo a muestra ciudad; poca
cosa, pero al menos será más que nada. Ojalá quisiera ceder ya este
pudor que nos obliga a amarnos en secreto, o ya muestro amor, tan
temeroso de las habladurías. Ahora luchan la pasión y la
vergüenza, dos cosas que mal se avienen. No sé a cuál le haré
caso; la una conviene, la otra gusta. Una vez que entró en la
Cólquide Jasón el pagáseo, se llevó a la del Fasis6
montada en su nave ligera;
una vez que llegó el seductor del Ida a Lacedemonia7
, en cuanto pudo se volvió con su botín. Tú,
cuantas veces vienes en busca de tu amor, otras tantas lo abandonas,
y aunque haya peligro para las naves, vuelves nadando. Sin embargo,
galán vencedor de las enfurecidas aguas, procura desafiar al
mar de tal manera que a la vez lo respetes. El mar hunde naves
construidas con sabiduría; ¿crees tú que tus brazos van a ser
más que los remos? Tú deseas nadar, y nadar les da miedo a los
marineros; porque suele ser el escape de las naves naufragadas.
¡Pobre de mí! Deseo no convencerte de lo que te aconsejo, sé,
válgame el cielo, más valiente de lo que lo son mis consejos,
con tal de que llegues aquí y me eches al cuello los brazos cansados
de tanto agitar el mar. Pero a mí cada vez que me pongo frente al
azul de las olas un no sé qué espantoso me sobrecoge y me hiela
el pecho. No memos me preocupa la visión de ayer por la moche,
aunque la he expiado con sacrificios. Era casi al amanecer,
cuando ya la lámpara dormitaba, en ese momento en que aparecen los
sueños verídicos las hebras se me cayeron de entre las manos,
rendidas por el sopor, y dejé que en la almohada se recostase mi
cuello. En esto que me pareció ver sin lugar a dudas un delfín que
nadaba por las olas azotadas por el viento: el oleaje lo estrelló
contra la esponjosa arena, y en ese instante, a la vez que el agua,
lo abandonó al pobre la vida. Me da miedo, sea lo que sea; y en
cuanto a ti, no te rías de mis sueños y no confíes tus brazos al mar
si no está en calma. Si no por compasión hacia ti, por compasión
hacia la mujer que amas, que nunca estará a salvo sí tú no lo estás.
Sin embargo hay esperanza de una próxima tregua en las alborotadas
aguas; surca entonces las aguas serenas con ánimo despreocupado.
Mientras tanto, ya que no es transitable el mar para un nadador, que
esta carta que te mando dulcifique la odiosa
demora.
(OVIDIO. Cartas de las heroínas, 19 [Vicente
Cristóbal
López]) |