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Anillo que has de ceñir el dedo de una hermosa muchacha, en
ti nada se debe valorar sino el amor de quien regala: ve y resúltale
un obsequio agradable; que te reciba con alegría y que enseguida te
ponga en su dedo; que te ajustes a ella tan bien como ella se ajusta
conmigo, y que rodees convenientemente su dedo con un círculo a su
medida. Feliz tú, anillo, porque te va a usar mi dueña: tengo
envidia ya de mi propio regalo, pobre de mí.
¡Ojalá que con
la ayuda de la mujer de Eea1 o del viejo de
Cárpatos2 pudiese convertirme de
repente en este obsequio mío! Si eso ocurre, será mi deseo que tú,
mi dueña, te toques los pechos y que te introduzcas entre la túnica
la mano izquierda. Aunque bien ajustado y pegado a tu dedo, me iré
deslizando de él y caeré, ensanchado por arte de magia, sobre tu
regazo. Del mismo modo, con el fin de poder sellar los secretos
mensajes escritos sobre tablillas y de que mi piedra seca y
adherente no se lleve consigo la cera, tocaré antes los labios
húmedos de mi hermosa muchacha. ¡Únicamente pediré no tener que
sellar mensajes dolorosos para mí!
En caso de que me vayas a
dar para que me guarden en el joyero, me negaré a salir,
constriñendo tus dedos con un círculo más estrecho. No sea yo nunca
para ti, vida mía, objeto de vergüenza o una carga que tu delicado
dedo rehúse llevar. Llévame puesto cuando bañes tu cuerpo con agua
caliente y no te importe que mi engarce se estropee al contacto con
el agua. Pero -creo yo- al verte desnuda se erguirá de pasión mi
miembro y cumpliré, siendo anillo, el cometido de un
hombre.
Mas, ¿por qué deseo fantasías? Ve, diminuto regalo:
que ella se dé cuenta de que contigo te envío mi
lealtad.
(OVIDIO. Amores, 2, 15
[Vicente Cristóbal
López]) |