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Y Eneas dijo: 'Eres tú, padre, es
tu triste imagen
la que, apareciéndoseme con
frecuencia, me obligó
a dirigirme a estos umbrales. Mis
naves flotan
sobre el mar Tirreno1. Dame tu diestra,
padre,
deja que la una a la mía; dámela,
y no te apartes
de mi abrazo.' Hablando así,
regaba al mismo tiempo
su rostro con abundante llanto.
Tres veces intentó
rodearle el cuello con sus
brazos; tres veces la imagen,
asida en vano, se escapó de sus
manos, como si fuese
un viento leve o un sueño
alado.
(VIRGILIO. Eneida, 6, 695 - 702 [Luis
Alberto de Cuenca, Antonio
Alvar])
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