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Dicho esto,
golpea1
con la
punta del cetro la
hueca montaña. Los vientos, en columna, se precipitan por la puerta que se les ha
abierto. Soplando
en torbellino por las tierras, llegan al mar, se abaten sobre él, lo conmueven
desde sus más
profundos cimientos: son el Euro y el Noto y el Ábrego preñado de
tempestades, y
todos juntos hacen que las olas se hinchen y crezcan,
rompiendo con
violencia en las costas. Los hombres gritan y sus voces se mezclan
con el crujido de
los cables. Las nubes, de repente, oscurecen el cielo y arrebatan la luz a
los troyanos. Una
lóbrega noche se cierne sobre el mar. Truenan los cielos. El éter brilla y
centellea. Todo
anuncia una muerte inminente para los navegantes.
Se le hielan los
miembros a Eneas; gime y, alzando las dos manos arriba, a las estrellas,
grita: ' ¡Oh tres
veces, y cuatro, afortunados los hombres a quienes cupo en suerte morir al pie de
Troya, ante los
altos muros de la ciudad de Príamo2! ¡Oh tú, el más valeroso de los
Dánaos3, Diomedes, hijo de Tídeo! ¡Ojalá hubiera yo
sucumbido en los campos
de Ilión4, privado de la
vida bajo tus
golpes, allí donde entregó Héctor el alma, derribado por la lanza del Eácida5, allí donde cayó el gigantesco Sarpedón, donde el río
Simunte arrebató
tantos escudos de héroes, tantos yelmos, tantos cuerpos hermosos y esforzados! '
Mientras habla, la
tempestad se recrudece. Una violenta ráfaga de viento hiere el velamen
y levanta las olas
hasta el cielo. Se
quiebran los remos, la proa gira y ofrece su costado al agua. Todo un
monte marino se
desploma sobre la nave. Algunos marineros se ven colgados de la cumbre de esa
montaña líquida, y
otros visitan el abismo entre las grietas de la ola,
el fondo donde las
arenas son furiosamente azotadas. Tres naves arrebata el Noto, arrojándolas
sobre ciertos
escollos llamados Aras por los latinos, a modo de monstruosas espaldas en la
superficie del mar. A otras tres arrebata el Euro, y las empuja
a los bajíos y a
las sirtes, ¡lamentable espectáculo! , y las hace encallar en los vados y las
rodea con un muro
de arena. Sobre una, en la que viajaban el fiel Orontes y los Licios, descargó con
gran furia el mar,
bajo los mismos ojos de Eneas; y el piloto cayó en el agua, y, por tres veces, una
ola enorme juega
con la nave, hasta que el remolino la devora. Sobre el inmenso abismo nadan, raros, los
náufragos. Se
distinguen entre la espuma tablas de navío, y tesoros de Troya, y armas dispersas de
los héroes. Ya ha
vencido la tempestad a la flota de Eneas: ha terminado con la nave de Acates, el
valiente, y con la
del fuerte Ilioneo, y con aquella otra que transportaba a Abante, y con la del
decrépito Aletes. La armazón de los flancos se deshace, y el agua hostil entra a raudales por las
grietas de los
navíos. La tempestad arrecia.
(VIRGILIO. Eneida, 1, 81 –
123. [Traducción de Luis Alberto de Cuenca, Antonio
Alvar]) |