|
No hay descanso para él hasta que
el año abunde en frutos, crías y
haces de espigas, y cubra los
surcos de cosecha, y rompa los graneros. Viene el invierno: la aceituna de Sición
se tritura en las prensas;
vuelven los cerdos inflados de
bellota; las selvas dan madroños; frutos varios ofrece el otoño; allá arriba, en las rocas, al sol, la vendimia
madura. Entre tanto, sus dulces
hijos lo abrazan, guarda el
pudor su casta casa y, llenas de leche, cuelgan las ubres de sus vacas; sobre el ameno césped se embisten entre sí
pingües cabritos. Y él celebra
los días festivos, y, tendido
en la hierba, donde arde el fuego ritual y sus amigos enguirnaldan las cráteras,
libando te invoca,
Leneo1; después propone un juego
de veloz jabalina a los
guardianes del rebaño: el
blanco será un olmo; y los robustos cuerpos muestran su desnudez en la agreste
palestra.
(VIRGILIO. Geórgicas, 2, 516
– 531 . [Traducción de Luis Alberto de Cuenca,
Antonio
Alvar]) |