Cómo debe ser el profesor

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1. En efecto cuando el muchacho haya alcanzado esas fuerzas en los estudios, como para que pueda seguir de cabeza lo que hemos llamado primeras enseñanzas del profesor de retórica, habrá que llevarlo al profesor de esta materia. Para empezar convendrá repasar los hábitos de éstos: 2. Por esta razón yo no me he dirigido a tratar esto muy ampliamente en esta parte, porque no considero que haya que examinar esto mismo tampoco en los demás eruditos con la mayor diligencia posible, según he testimoniado en el libro primero, sino más porque la misma edad de los alumnos hace mención obligatoria de este asunto. En efecto se trasladan a estos profesores los muchachos casi como adultos, y permanecen entre ellos también de jóvenes. Por esta razón hay que prestar mayor atención, para que la virtud del profesor guarde los años aún tiernos de la injusticia y  su gravedad asuste  a los que aún son fieros de la permisividad.  4. Tampoco es satisfactorio que el profesor muestre una reticencia total, a no ser que por la dureza de la enseñanza  tenga que moderar también las costumbres de los que se reúnen junto  a él.

Que adopte ante todo el espíritu de un padre para con sus alumnos, y considere que ocupa el puesto de los que le han llevado a sus hijos. 5. No debe tener vicios ni tolerarlos. Su austeridad no debe ser triste, ni  su familiaridad relajada,  para que no surja de aquella el odio ni de esta el desprecio. Su conversación más importante debe ser sobre la honestidad y el bien: en efecto, advertirá más frecuentemente, que castigará.  Tampoco debe ser colérico, encubridor de lo que hay que corregir. Será sencillo al enseñar, soportará el esfuerzo, será constante antes que impulsivo. 6. Contestará con gusto a los que le pregunten y a los que no pregunten les interrogará. Al alabar las intervenciones de los alumnos no será ni irónico ni efusivo, porque lo uno produce el tedio para esforzarse y lo otro  seguridad excesiva. Al enmendar lo que hay que corregir no será ácido menos aún abusivo; pues la verdad es que eso ahuyenta a muchos del propósito de estudiar, puesto que algunos los reprueban como si los odiasen. 8.- Él mismo dirá todos los días algo, o mejor, mucho que sus oyentes  puedan comentar con él. Aunque en efecto abunde suficientemente en ejemplos para imitar de las  lecturas, sin embargo, como se suele decir, la viva voz alimenta más, especialmente la del profesor a quien sus alumnos querrán y respetarán, si han sido instruidos un poco correctamente. En cambio a duras penas se puede decir  cuánto más a gusto imitamos a quienes somos favorables.

9. En cambio no se les debe consentir en absoluto a los muchachos, como  les pasa a la mayoría, una permisividad  para levantarse y manifestar efusivamente las alabanzas: cuando están escuchando,  por otra parte debe ser moderado también el testimonio de los jóvenes.  Se hará de tal modo que el alumno esté pendiente del juicio del profesor y crea ha dicho correctamente lo que vaya a probar éste.  10. Lo que es más nocivo, que se llama ya humanidades, es indigno de alabar cualquier cosa mutuamente y  teatral y ajeno a las escuelas establecidas con seriedad, y es el enemigo más dañino de los estudios. Pues parecen vanos el cuidado y el esfuerzo con una alabanza preparada sea lo que sea lo que hayan difundido. 11. Deben pues mirar al rostro del profesor tanto los que están escuchando como el mismo que está hablando: en efecto así distinguirán lo que hay dar por bueno y por malo; así la práctica se adquirirá con la pluma el buen juicio con la escucha.

12. Pero ahora inclinados y ceñidos no solo se levantan a cada cláusula1, sino que incluso salen corriendo y con indecorosa euforia chillan. Esto es moneda de cambio y entonces es la suerte de la declamación.  De aquí surge una hinchazón y una vana percepción de sí mismos hasta tal punto que recrecidos por aquel jaleo de sus compañeros,  se sienten mal ellos mismos con respecto a aquello, si son poco alabados por el profesor. 13. Pero quisieran ser escuchados los profesores y atentamente y con modestia: pues no debe el maestro hablar para el juicio de los alumnos, sino el alumno para el del maestro. Por otra parte, si se puede conseguir,  hay que dirigir el ánimo también a esto, para que intuya lo que cada alumno alaba y cómo lo alaba, y disfrutar con gusto de lo que dice bien y no tanto en su nombre como en el de los que van a tener buen juicio.

14. No me gusta que se sienten mezclados chicos mayores con menores. En efecto, pese a que un hombre puede tener una juventud moderada tal cual conviene haberse preparado para los estudios y costumbres, sin embargo la debilidad debe ser apartada de los más fuertes y debe carecer no sólo de la acusación de depravación, sino también de la sospecha. 15. He creído que había que señalar esto en pocas palabras. En efecto creo que hay que señalarlo para que el mismo maestro y la escuela estén a salvo de los vicios más extremos. Y si hay alguien que al elegir profesor para su hijo no evita sus vergüenzas evidentes, ya entonces sabrá que también lo demás que tratamos de arreglar para utilidad de la juventud, será vano, si ha descuidado su parte.

(QUINTILIANO. La Instrucción del Orador, 2, 2)


NOTAS:   1. Se refiere al final de cada periodo de clase.