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El primer lugar
en la preparación del niño que ha alcanzado la capacidad de escribir
y leer le corresponde a los gramáticos. Me refiero
indistintamente al griego o al latino, aunque es preferible que el
griego sea el primero: el camino es el mismo en ambos casos.
Esta enseñanza, en efecto, a pesar de que se divide, en suma, en dos
partes -el arte de hablar correctamente y el comentario de los
poetas-, comprende en el fondo más que lo que se revela en
apariencia. En efecto, la habilidad de escribir va aparejada a
la de hablar, la lectura correcta antecede al comentario, y en todas
estas actividades se encuentra presente el juicio crítico, al
cual recurrieron ciertamente los gramáticos antiguos con tanta
rigidez que no sólo se permitieron señalar con una tachadura de
corrección los versos y eliminar de la obra de un autor como
apócrifos los libros que les parecían atribuidos de forma
espúrea, sino que a unos autores los incluyeron en una relación
ordenada, mientras a otros los excluyeron completamente de la
nómina.
Pero no
es suficiente con haber leído a los poetas: hay que explorar toda
clase de escritores, no sólo por el contenido, sino por las palabras
que a menudo cobran autoridad gracias a los autores. Tampoco
puede ser perfecta la enseñanza de la gramática sin la música,
puesto que debe tratar de los metros y los pies; y si no entendiera
la ordenación de las estrellas, no podría comprender a los
poetas, los cuales, por no hablar de otros ejemplos, recurren
constantemente a la aparición y al ocaso de las constelaciones
para poner de manifiesto las estaciones y no debe ignorar la
filosofía, en razón de los múltiples pasajes que en casi todos los
poemas han sido extraídos de la más profunda sutileza de la
filosofía natural, y sobre todo por Empédocles entre los
griegos y por Varrón y Lucrecio1 entre los latinos, que
transmitieron en sus versos los principios de la
sabiduría.
Se
requiere, además, de una elocuencia no pequeña con vistas a hablar
con propiedad y fluidez sobre cualquiera de los temas que hemos
expuesto. Por ello no se puede admitir a los que se tornan esta
disciplina como algo ligero y pobre. Si ésta no sirve para asentar
firmemente los fundamentos del futuro orador, todo lo que se
edifique encima se derrumbará: necesaria para los niños,
agradable para los mayores, dulce compañera de los momentos íntimos,
ésta es la única que en toda clase de estudios tiene más de esfuerzo
que de ostentación.
(QUINTILIANO. La
Instrucción del Orador, 1, 4, 1-5. [Traducción de Antonio
Moreno
Hernández]) |