Los burros

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Los machos cuando descansan del trabajo son peores. El parto más temprano es a partir de los treinta meses, pero es normal desde los tres años; tienen el mismo número de crías que las yeguas y a los mismos meses y de modo similar. Pero su útero incontinente expulsa con la orina el semen si no se le obliga a correr golpeándola inmediatamente después del apareamiento. Rara vez pare dos crías. Cuando va a parir evita la luz y busca las tinieblas para no ser  vista por el hombre. Se reproduce durante toda su vida, que llega hasta los treinta años. El amor a su hijo es enorme pero su odio al agua es mayor: atraviesan el fuego para ir junto a su borriquillo, pero si hay en medio el río más pequeño, les aterroriza incluso mojar sólo las patas. Y las que están en los pastos no beben a no ser en las fuentes a las que están acostumbradas y con la condición de ir a beber por un paso seco; no atraviesan los puentes a través de cuyas rendijas se deja entrever la corriente; y es asombroso: tienen sed pero, si se les cambian las aguas, hay que obligarles o rogarles para que beban. A no ser que haya un espacio amplio al acostar­se, la burra no está segura; pues al dormir sueñan dando frecuentes patadas, que, si no se producen en el vacío, con el impacto de un material duro les causan enseguida cojera. La ganancia que se obtiene de los burros supera a las tie­rras más fértiles. Es sabido que en Celtiberia cada hembra ha parido por valor de 400.000 sestercios, procedentes sobre todo de la cría de mulas. Se dice que son muy importantes en aquellas los pelos de las orejas y de las pestañas; en efecto, aunque el resto de su cuerpo sea de un solo color, transmiten a su descendencia los mismos colores que tienen allí. Mece­nas1 instituyó la costumbre de comer borriquillos, preferidos en ese momento a los onagros. Después de él ha desapare­cido la reputación del sabor del burro. Cuando pierde la vis­ta esta especie muere rápidamente.

De un burro y de una yegua nace una mula en el mes decimotercero, animal excepcional por su fuerza en trabajo.

Para estos cruces eligen yeguas mayores de cuatro y menores de diez; dicen que las dos especies se apartan una de la otra si en la infancia no han bebido leche de la otra especie con la que se van a aparear. Por esta razón ponen los  borriqueros, robados a sus madres en la oscuridad, a las ubres de las yeguas y los potrillos a las de las burras. Nace también mula del cruce de caballo y burra, pero rebelde y de una lentitud imposible de educar. Todo es lento para los anima­les viejos. El apareamiento de una yegua con un bu­rro después de haber engendrado un caballo acaba en aborto, no sucede lo mismo si es el caballo el que sigue al bu­rro. Se ha observado que las hembras se quedan preñadas más fácilmente el séptimo día después del parto,2que los machos las dejan preñadas con más facilidad cuando están can­sados. A la hembra que no ha concebido antes de que se le caigan los dientes que llaman pullini, se la considera esté­ril, y también a la que no ha empezado a procrear con el pri­mer apareamiento. Los antiguos llamaban a los machos nacidos de caballo y burra hinnulos y, en cambio, mulos a los que engendraban burros y yeguas. Se ha observado que de dos especies distintas nacen hijos de una tercera espe­cie y que no se parecen a ninguno de los padres, y que los que han nacido así no procrean en ninguna especie animal; por esta razón no paren las mulas. En nuestros Anales figura a menudo que han parido, pero se considera un prodigio. Teofrasto3
cuenta que las mulas paren corrientemente en Capadocia, pero que allí es un animal de una especie práctica.

(PLINIO EL VIEJO.  Historia Natural, 8, 168 - 173. [Traducción de Susana González Marín])


NOTAS:   1. Se refiere el famoso lugarteniente de Augusto, protector de poetas como Virgilio, Horacio o Propercio.  3. Es el sucesor de Aristóteles en el Liceo autor de obras sobre fauna y botánica conservadas fragmentariamente.