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Generalmente (los delfines) van en parejas; paren cachorros
al décimo mes, en verano, a veces incluso dos. Los alimentan a sus
pechos, como las ballenas, e incluso transportan a las crías recién
nacidas y aún débiles; es más, las acompañan largo tiempo cuando son
ya adultas, mostrando gran afecto por su descendencia. Crecen
rápidamente; se cree que hacia los diez años han alcanzado su
desarrollo completo. Viven hasta los treinta años; se sabe gracias
al experimento de marcarles la cola con un corte. Desaparecen
durante treinta días en torno a la salida del
Perro1
y se ocultan por un procedimiento
desconocido; es una cosa asombrosa, porque en el agua no pueden
respirar. Suelen embarrancar en la costa por razones inciertas,
pero no mueren inmediatamente al tocar la tierra; la muerte es más
rápida si tienen el conducto respiratorio cerrado. Tienen la
lengua móvil, a diferencia de otros animales acuáticos, corta y
ancha, no diferente de la de un cerdo. El gemido es semejante a la
voz humana, el lomo arqueado, el hocico chato. Por esta razón todos
los delfines comprenden el nombre de 'Simón' y prefieren que les
llamen así.
El delfín no es
sólo un animal amigo del hombre, sino que además se amansa con la
música, con el canto armónico y sobre todo con el sonido del
órgano hidráulico. No se asusta del hombre como de un extraño, sino
que sale al encuentro de las naves, juega dando saltos, incluso
compite con ellas en velocidad y las deja atrás aunque vayan a toda
vela. Durante el reinado del divino Augusto, un delfín que
había entrado en el lago Lucrino2 tomó mucho
cariño a un niño pobre que desde Bayas iba a Puteólos3 a la escuela,
porque se detenía a mediodía, lo llamaba con el nombre de Simón y a
menudo lo atraía con trozos del pan que llevaba para el camino
-no contaría esta historia si no estuviese recogida en las obras de
Mecenas, Fabiano, Flavio Alfio y muchos otros-; en cualquier momento
del día en que lo llamase el niño, aunque estuviese oculto y
escondido, el delfín acudía desde las profundidades y, después de
comer de su mano, le ofrecía el lomo para que montase, escondiendo
los aguijones de su aleta dorsal como en una vaina, y una vez
arriba lo llevaba a Puteólos a la escuela a través del mar
inmenso y lo devolvía de la misma forma, durante varios años;
cuando, a causa de una enfermedad, murió el niño, el delfín volvió
una y otra vez al lugar acostumbrado, triste, semejante a quien ha
perdido a un ser querido, hasta que murió de nostalgia, sin que a
nadie le cupiese duda del motivo.
(PLINIO EL VIEJO. Historia
Natural, 9, 21 - 25. [Traducción de Josefa
Cantó]) |