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Por eso
considero fruto de la debilidad humana buscar el aspecto o la
forma de Dios. Cualquiera que sea Dios, sí es que es un ente
distinto y en cualquier parte que esté, es todo él percepción, todo
él visión, todo él audición, todo él alma, todo él inteligencia,
todo él el absoluto. Desde luego, es incurrir en la mayor
simpleza el creer que hay innumerables dioses (y, aún más, creerlo
por los defectos de los hombres1) como la Honestidad, la
Concordia, la Inteligencia, la Esperanza, el Honor, la
Clemencia y la Lealtad, o, como quería Demócrito, solamente dos, el
Premio y el Castigo.
Los mortales,
perecederos y sufridos, recordando su propia debilidad hacen esta
clasificación por partes, de forma que cada cual rinde culto a todos
aquellos aspectos de los que más falto está. Por eso se encuentran
distintas advocaciones en los distintos pueblos y un sinfín de
divinidades en ellos, incluyendo también en las genealogías a los
dioses infernales, a las enfermedades e incluso a muchas pestes
por que se desea aplacarlas con un miedo espantoso; también por
eso se ha dedicado oficialmente un templo a la Fiebre en el
Palatino, a Orbona junto al templo de los Lares e incluso un ara a
la Mala Fortuna en el Esquilino, con lo que la corte celestial puede
suponerse mayor incluso que la de los humanos, dado que,
además, cada cual por su parte hace suyos otros tantos dioses al
adoptar sus Junos y sus Genios2, y hay algunos pueblos que
tienen por dioses ciertos animales e incluso algunas cosas
impúdicas y muchas otras que avergüenza aún más pronunciar, y
juran por los alimentos podridos, por los ajos y por otras
cosas de similar ralea.
Es prácticamente un
delirio infantil creer en matrimonios entre los dioses y que nadie
haya nacido de ellos en tanto tiempo, y que unos son
eternamente viejos y canosos, otros jóvenes o niños, de color negro,
alados, cojos, nacidos de un huevo, o que viven y mueren en días
alternos. Pero supera cualquier otro descaro el imaginar adulterios
entre ellos y, en consecuencia, riñas y odios, como, sobre todo,
creer que haya dioses de los hurtos y los
crímenes.
Dios significa para un mortal ayudar a
otro mortal y éste es el camino para la gloria eterna. Por él
marcharon los romanos más ilustres y por él camina ahora con
paso celestial junto a sus hijos el gobernante más grande de los
tiempos, Vespasiano Augusto, prestando su ayuda en las malas
circunstancias. De ahí viene la costumbre antiquísima de
conceder a quienes más lo merecen la gracia de figurar entre
los dioses como les corresponde (y por supuesto que los nombres
de los demás dioses y astros, que antes referí, proceden de los
méritos de los hombres). [...]
[...] Pero los mayores
consuelos para la naturaleza imperfecta del hombre son que ni
siquiera Dios lo pueda todo, pues no puede darse muerte aunque
quiera (que es el mayor don que concedió al hombre en tantas
calamidades de la vida), ni premiar a los mortales con la eternidad,
ni resucitar a los muertos, ni hacer que quien vivió no hubiera
vivido, que quien obtuvo honores no los hubiera obtenido, que
tampoco tenga ningún derecho sobre el pasado, salvo el del olvido,
y, por estrechar nuestra relación con Dios también con argumentos
más amenos, que no pueda lograr que dos por diez no sean veinte
y muchas otras cosas por el estilo. Por todo se confirma
indudablemente el poder de la naturaleza y que eso es lo que
llamamos Dios. No habrá sido un despropósito haber discurrido
por estas cuestiones tan trilladas, a causa del interrogante
permanente sobre Dios.
(PLINIO EL VIEJO. Historia Natural, 2,
14-18; 27. [Traducción de Ana Moure
Casas]) |