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Ahora bien, el
sacerdote1, aleccionado por el oráculo2 nocturno -como pude comprobar- y maravillado de ver las
circunstancias adaptarse con tanta precisión a la misión que se le
había confiado, se detuvo de pronto y, alargando por propio impulso
la mano derecha, colocó la corona al alcance de mi hocico. Yo,
entonces, temblando de emoción, con el pulso acelerado y el corazón
palpitante, me tiré sobre aquella corona de frescas y llamativas
rosas, y ansioso de ver realizarse la promesa, las tragué de un
bocado. No salí defraudado por la celestial promesa: al punto se
esfumaron las horribles apariencias de animal que me envolvían.
Empezó por caerme el basto pelambre; se me atina luego la recia
piel, me desaparece la obesidad abdominal, los cascos de los pies
dan paso a unos dedos con uñas, mis manos ya no son pies y se
prestan a las funciones de miembros superiores, mi largo cuello
recobra sus debidas proporciones, mi rostro y mi cabeza se
redondean, mis enormes orejas vuelven a su reducido tamaño
primitivo, aquellos dientes que parecían cascotes recobran
proporciones humanas, y de aquella cola que antes era mi mayor
suplicio... ¡no había ni rastro! El pueblo no vuelve de su asombro.
Las almas piadosas adoran a la divinidad que ha manifestado tan
claramente su supremo poder y cuya grandeza iguala la fantasía de
las visiones nocturnas; todos pregonan a voz en grito y sin
discrepancias lo fácil que ha sido la metamorfosis; todos tienden
los brazos al cielo, como testigos del insigne favor de la
diosa.
Yo, estupefacto,
atónito, sin decir palabra e inmóvil, no podía con la felicidad tan
repentina y tan completa que sentía. Ante todos, ¿qué podría decir y
cómo empezar? ¿De dónde sacaría un exordio para estrenar mi voz?
¿Qué palabras serían de feliz augurio con ocasión de haber recobrado
el lenguaje? ¿Qué términos serían bastante elocuentes para expresar
mi agradecimiento a la augusta
diosa?.
El propio sacerdote, bien enterado, por divina inspiración,
de toda la serie de mis desgracias, aunque no por ello menos
conmovido él también ante el insigne milagro, mandó, por gestos, que
ante todo se me diera un manto de lino para cubrirme; pues en cuanto
el asno me había quitado de encima su nefando envoltorio, yo me
había encogido y aplicado las manos estrechamente como velo natural
para cubrir mi desnudez en la medida de lo
posible.
Entonces, uno de los que integraban la piadosa escolta se
quitó sin vacilar su túnica exterior y me la echó instantáneamente
encima. Después de esto, el sacerdote, con ademán de inspirado y
expresión verdaderamente sobrenatural, extasiado en mi presencia,
habla en los siguientes
términos:
'Después de tantas y tan variadas pruebas,
después de los duros asaltos de la Fortuna y de las más terribles
tormentas, por fin, Lucio, has llegado al puerto de la Paz y al
altar de la Misericordia. Ni tu nacimiento ni tus méritos o tu
destacado saber te han servido nunca de nada; la flor resbaladiza de
una juventud ardiente te ha hecho caer en la esclavitud de la
pasión, y has cosechado la amarga recompensa de una desdichada
curiosidad. Pero la Fortuna, con toda su ceguera y con la pretensión
de exponerte a los más graves peligros. En su imprevisora maldad, ha
guiado tus pasos hacia la felicidad de nuestra religión. Ahora ya se
puede ir, ya puede dar libre curso a su furor y buscarse otra
víctima para saciar su crueldad; pues las vidas que la majestad de
nuestra diosa ha tomado a su servicio ya no están al alcance de un
golpe hostil. Salteadores, fieras, esclavitud, idas y venidas por
los más escabrosos caminos, diarias amenazas de muerte, ¿de qué ha
servido todo ello a la implacable Fortuna? Ahora ya estás bajo la
tutela de una Fortuna, pero ésta es clarividente y hasta ilumina a
los demás dioses con su esplendorosa luz. Pon ya una cara más
alegre, en consonancia con tus blancas vestiduras, y súmate con paso
triunfal al cortejo de la divinidad salvadora. Abran sus ojos los
impíos, vean y reconozcan su error: ahí va, libre de sus pasadas
angustias por la providencia de la gran Isis, ahí va Lucio, feliz y
triunfante vencedor de su destino. No obstante, para mayor seguridad
y garantía, alístate en esta sagrada milicia, para la cual hace
pocas horas la diosa requirió tu juramento, conságrate desde este
instante al servicio de nuestra religión y sométete voluntariamente
al yugo de ese ministerio. Pues, cuando hayas entrado al servicio de
la diosa, entonces sí que sentirás las dulzuras de tu libertad.'
(APULEYO. El asno de oro, 11, 14- 18. [Traducción de
Lisardo Rubio Fernández]) |