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Insistiendo en la veracidad de estas
informaciones y sumamente agitada, [
Fotis]1 entra en la estancia y saca del
cofre la cajita; yo recojo esta cajita con ambas manos y la cubro de
besos; en primer lugar la conjuro para que me otorgue el favor de un
vuelo feliz; al instante me despojo de toda mi indumentaria y meto
ansiosamente las manos dentro; saco un poco más de ungüento y me
froto a fondo todos los miembros de mi cuerpo. El ardiente deseo de
parecer un ave me lleva a mover alternativamente mis brazos; no
aparece el menor síntoma de pelusa ni de plumas; la clara
realidad es que mis pelos se endurecen como cerdas; mi suave
cutis adquiere la rigidez del cuero; en mis extremidades no se
pueden ya contar los dedos, pues cada miembro termina en uno solo
con una sola uña; y en la última vértebra me sale una larga cola. Mi
rostro pierde toda proporción: me crece la boca, se me ensanchan las
narices, me cuelgan los labios; de la misma manera se cubren de pelo
y se desarrollan exageradamente las orejas. En la triste
metamorfosis, como único consuelo, veo que, si bien ya no puedo
tener a Fotis en mis brazos, se abrían para mí nuevas posibilidades
naturales.
(APULEYO. El asno de oro, 3, 24.
[Traducción de Lisardo Rubio
Fernández])
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