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Deliberando
así en mi fuero interno, llego a la puerta de Milón1, y, como dice el
proverbio, me adhiero a mi propia opinión. No encuentro en casa
ni a Milón ni a su esposa, sino únicamente a mi querida
Fotis2:
preparaba para los amos un plato de embutido troceado y picadillo de
carne cocida en la propia salsa; por lo que el olfato daba ya a
entender, un guiso de lo más sabroso. La muchacha, lindamente
vestida, con una túnica de lino, ceñida con un cinturón rojo oscuro
casi a la altura de los pechos, daba con sus preciosas manos vueltas
y más vueltas a la sartén; al compás de este rápido movimiento
circular, bailaba todo su cuerpo con suave deslizamiento de los
miembros y contoneándose en las más vivas y graciosas
ondulaciones sus vibrantes caderas y hasta la espalda en toda su
extensión. Ante tal espectáculo quedé inmóvil, asombrado,
embelesado. Mis sentidos, tranquilos hasta entonces, se inflamaron
al instante. Por fin le dirijo la palabra '¿qué gracia y qué salero
tienes, querida Fotis, para armonizar el movimiento del puchero y el
de tus caderas! ¿Qué delicioso guiso estás preparando? ¡Feliz mil
veces feliz, quien consiga de ti permiso para meter la punta del
dedo!'.
Entonces, la simpática y traviesa chiquilla: 'Vete de aquí -me dice-,
pobre desgraciado; aléjate lo más posible de mi fogón. Si te alcanza
la más leve chispa, te abrasarías hasta la médula de los huesos y
nadie más que yo podría extinguir tu incendio, yo que, como buena
cocinera, sé sacudir con la misma gracia una olla o una
cama'.
(APULEYO. El asno de oro, 2, 7. [Traducción de Lisardo Rubio
Fernández]) |