La obligación de no perturbarnos

 

Que el sumo bien se eleve a un lugar de donde ninguna fuerza pueda arrastrarlo, adonde no tenga acceso el dolor ni la esperanza, ni el temor, ni ninguna otra cosa que amengüe los derechos del bien supremo. Pero sólo la virtud puede elevarse hasta allí; su paso es quien ha de dominar esa pendiente; ella permanecerá firme y soportará todos los acontecimientos, no sólo paciente, sino voluntariamente, y sabrá que toda la dificultad de los tiempos es una ley de la naturaleza; y, como un buen soldado, soportará sus heridas, contará las cicatrices y al morir traspasado por los dardos amará al jefe por quien cae; tendrá en su mente el viejo precepto: Sigue a Dios. En cambio, el que se queja, llora y gime, es obligado a la fuerza a hacer lo que está mandado, y no por ello es menos llevado sin querer adonde se le ordena. ¡Qué locura es preferir ser arrastrado a seguir! Tanto, a fe mía, como por necedad e ignorancia  de la propia condición, dolerte de que te falte algo o te ocurra algo penoso, o igualmente extrañarte o indignarte de las cosas que tanto suceden a los buenos como a los malos; quiero decir las enfermedades, las muertes, los impedimentos y las demás miserias que acontecen inesperadamente a la vida humana. Aceptemos con buen ánimo todo lo que se ha de padecer por la constitución del universo; estamos sujetos a la obligación de soportar las condiciones de la vida mortal y no perturbarnos por lo que no está en nuestro poder evitar. Hemos nacido en un reino: obedecer a Dios es libertad. (SÉNECA. Sobre la felicidad, 15)