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La oratoria en Roma |
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El
representante más ilustre fue sin duda Cicerón, con
una gran cantidad de discursos de todo tipo. Entre ellos
destacan las Catilinarias, conjunto de tres
discursos pronunciados en el Senado en el año de su
Consulado (63 a. C.).
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Tras la
muerte de Cicerón, ningún orador alcanzaría su valor. Pero
destacamos a un hispanorromano, Séneca el Viejo, padre
del filósofo. Escribió unos discursos como ejercicio para
enseñar la técnica de la oratoria llamados
Controversiae o Controversias y
Suasoriae o Discursos de disuasión.
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Desde el
año 81 a. C. con la Rhetorica ad Herennium de autor
desconocido se elaboran en latín diversos manuales que
sientan las bases de este género literario que tuvo una
importancia capital en la literatura y en el propio
desarrollo de Roma. Cicerón
escribió varias obras (De oratote "Sobre el
orador", Orator "El orador") que suponen manuales
de uso de la oratoria, basados en la retórica
griega.
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Con la
llegada del Imperio la importancia del Senado disminuyó y
con esta la de la oratoria política, que había supuesto la
cumbre del género con Cicerón en Roma y Demóstenes en Atenas (s. IV a. C.), pero la
oratoria permaneció en la cúspide de la formación de todo
ciudadano. En las ciudades importantes había escuelas de
retórica. En la de Roma en la época de los Flavios enseña
retórica el calagurritano Quintiliano, quien
compone una obra crucial: Institutio oratoria o
Instrucción del orador, que supone la culminación
de los tratados sobre retórica escritos en latín, además de
uno de los primeros libros con clara vocación
pedagógica.
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El
último gran tratadista es Tácito, el
historiador de finales del s. I d. C., quien compone el
Diálogo de los
oradores. | | |