| Una lengua constituye el precipitado, de una sutileza intensa
y quizá no susceptible de análisis, de la experiencia del
pueblo que la ha creado. ¿Cómo es que los griegos conservaron un
aoristo y un rico sistema de participios? O, por otra parte, ¿a qué
se debe que los griegos crearan una lengua de tan asombrosa
capacidad para expresar las diversas necesidades de la mente humana:
la precisión en la prosa, la magia y apasionamiento de la poesía, la
fusión de la exactitud con el vasto planteamiento de interrogantes
que constituyen la filosofía, el humorismo refinado o grosero que
mueve a risa a los hombres de dos mil años depués? ¿Cabe
penetrar merced a qué esfuerzos o azares ocurrió tal cosa o qué
fenómenos del lenguaje han conducido a esa extraña capacidad?
Una cosa parece clara, y es que ello depende de una riquísima
gama de posibilidades de énfasis y sugerencia hasta un punto que
está vedado a las lenguas sin flexión. (Gilbert Murray.
Grecia clásica y mundo moderno. Ed. Norte y
Sur) |