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"Psamético1, como no podía
hallar, pese a sus indagaciones, ninguna solución al problema de
quiénes eran los hombres más antiguos, puso en práctica la
siguiente idea. Entregó a un pastor dos niños recién nacidos, hijos
de las primeras personas que tenía a mano, para que los llevara a
sus apriscos y los criara con arreglo al siguiente régimen de vida:
le ordenó que nadie pronunciara palabra alguna ante ellos, que
permaneciesen aislados en una cabaña solitaria y que, a una hora
determinada, les llevara unas cabras; y luego, después de saciarlos
de leche, que cumpliese sus restantes ocupaciones. Psamético puso en
práctica este plan y dio esas órdenes porque quería escuchar cuál
era la primera palabra que, al romper a hablar, pronunciaban los
niños, una vez superada la etapa de los sonidos ininteligibles. Y en
efecto, así sucedieron las cosas. Dos años llevaba ya el pastor en
ese menester, cuando un día, al abrir la puerta y entrar en la
cabaña, los dos niños, lanzándose a sus pies, pronunciaron la
palabra becós al tiempo que extendían sus brazos. Como es
lógico, la primera vez que la escuchó, el pastor no le dio
importancia, pero como, en sus frecuentes visitas para cuidar de
ellos, esta palabra se repetía insistentemente, acabó por informar a
su señor y, por orden suya, condujo a los niños a su presencia.
Entonces, cuando Psamético los hubo escuchado personalmente, se puso
a indagar qué pueblo daba a algún objeto el nombre de becós y, en
sus indagaciones, descubrió que los frigios2 llaman así al pan.
Por lo tanto, y sacando las deducciones de este hecho, los egipcios
convinieron en que los frigios eran más antiguos que ellos."
(Heródoto, Historia,
II, 2. Traducción de Carlos Schrader)
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