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Ya
estamos en el siglo XVII. El piadoso, hasta la beatería, Felipe III,
al recibir la noticia del incendio del palacio de El Pardo, se
inquieta, ante todo, del estado de una Venus de Tiziano, y
al saber que está sana y salva, exclama que como aquella pintura
no se hubiese quemado, que las demás importaban poco. Felipe IV
va a seguir comprando cuadros extranjeros de temas míticos,
encargando para sus diversos palacios decorados de pinturas paganas.
En 1636 encarga a Rubens una gran colección de fábulas para
decorar las veinticinco estancias de la Torre de la Parada, pabellón
de caza de los montes de El Pardo; el viejo maestro, enfermo a la
sazón, se contenta con trazar bocetos, dejando la ejecución en manos
de sus alumnos. Con esta y otras herencias de las reales
colecciones, el Museo del Prado rivaliza en riquezas mitológicas con
la más pagana pinacoteca del mundo. En el catálogo del museo he
hallado más de 80 lienzos con dioses o semidioses grecolatinos, y
aunque la mayor parte de debe a Rubens y su taller o escuela, hay
ejemplos de otras escuelas que subrayan una afición no disimulada a
la mitología: tras Tiziano, Veronés, Tintoretto, Parmesano y el
caballero Massimo (Stanzione), llega a finales del siglo XVII Luca
Giordano, el Lucas Jordán de los españoles. Los magníficos Poussin
de la gran pinacoteca de Madrid pertenecieron, en su mayor parte, al
primer Borbón, Felipe V.
(GALLEGO,
J. Visión y símbolos en la pintura española del siglo de
oro. Madrid, Ed. Cátedra, 1987. pp. 52-53).
(Doble espacio) |