El lugar excepcional
ocupado por los celtíberos en la historia de España prerromana
procede de su encarnizada lucha contra el invasor, lucha que culminó
en el cerco de Numancia. Pero este papel heroico no habría sido
posible, ciertamente, si los celtíberos no hubieran gozado de una
cierta prosperidad económica. Vastas zonas montañosas permitían la
trashumancia de los rebaños; en los valles, unas tierras buenas les
abastecían de cereales; los bosques, entonces numerosos, influían
favorablemente en el clima y alimentaban la caza mayor a la que los
celtíberos gustaban dedicarse. País de cazadores, de pastores, de
jinetes (la cría de caballos era allí un honor), la Celtiberia era
famosa por sus guerreros, y los jóvenes tenían la costumbre de
expatriarse para servir como mercenarios.
(GRIMAL,
Pierre. La formación del Imperio Romano. El mundo mediterráneo
en la edad antigua III p. 72)