|
Nerón, para
apagar el rumor, sustituyó a los culpables y aplicó refinadísimos
tormentos a aquellos que, mal vistos a causa de sus abominaciones,
el vulgo llamaba cristianos. Cristo, de quien el grupo tomó el
nombre, bajo el imperio de Tiberio fue sometido a suplicio por el
procurador Poncio Pílatos; habiendo sido reprimida de momento esta
detestable superstición, se extendió, no solamente en Judea, lugar
de origen de este mal, sino también en Roma. Primero fueron hechos
prisioneros los que confesaban ser cristianos; después, por delación
de éstos, otra gran cantidad de personas que fueron convictas no
tanto del crimen del incendio como de odio hacia todo el género
humano. A su ejecución se le añadieron diversiones, de manera que,
cubiertos con pieles de fieras morían devorados por perros, o bien,
después de crucificarlos y prenderles fuego, cuando anochecía, eran
quemados para que sirvieran de teas nocturnas. (TÁCITO. Anales,
XV)
|