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Que asuma ante todo el sentir del padre
hacia sus hijos, y que se considere en el lugar de aquellos por
quienes le han sido confiados sus hijos. Que no tenga vicios ni los
tolere. Que su seriedad no sea triste, que su compañía no sea
demasiado despreocupada, para no dar lugar ni al odio ni al
desprecio. Que hable mucho de lo bueno y lo honesto: cuanto más
aconseje menos castigará. No debe ser irascible, pero tampoco hacer
la vista gorda sobre aquellas conductas que haya que enmendar.
Sencillo al enseñar, que soporte bien el trabajo, constante más que
exagerado. Que responda con gusto a los que le preguntan y que
pregunte a los que se callen. Al alabar los aciertos de sus
discípulos no debe ser ni tacaño ni excesivo, porque de un modo los
desanimará del otro los llevará al engreimiento. Al corregir su
conducta no debe ser en absoluto cruel ni insultarlos. Pues esto es
lo que lleva a muchos a huir de los estudios: que algunos les
corrigen como si les odiaran. (QUINTILIANO.
Institutio Oratoria) (Doble espacio) |