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Cuando yacía la vida con infamia
oprimida en la tierra bajo la carga pesada de las
religiones, que mostraban desde el cielo su cabeza amenazando
con su estremecedor aspecto a los mortales, un hombre griego fue
el primero que contra ellos osó levantar los ojos y
oponerse. No le acobardó la fama de los dioses, ni los
rayos, ni su amenazador sonido, sino que aún más por eso se
excitó la virtud de su pecho para que desease más romper los
cerrojos de las puertas de la naturaleza cerradas el
primero. (LUCRECIO. De Rerum Natura, I,
62) |