|
De tus doradas hebras, mi señora, Amor formó los lazos
para asirme; De tus bellos ojuelos para herirme
Las flechas y la llama abrasadora.
Tu dulce boca, que el carmín colora, Su púrpura le dio
para rendirme; Tus manos, si al encanto quise huirme,
Nieve que en fuego se me vuelve ahora.
Tu voz suave, tu desdén fingido Y
el albo seno do el placer se anida, Pábulo añaden al ardor
primero. Amor con tales armas me ha rendido:
¡Ay armas celestiales! ¡ay mi vida! Yo soy, yo
quiero ser tu prisionero. (LISTA Y ARAGÓN,
Alberto. Líricas Profanas. Soneto XI.
) (Doble espacio) |