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Háblame,
Musa, del varón de gran ingenio, que anduvo errante
muchísimo tiempo, después de que destruyó1 la sagrada ciudad
de Troya; y que vio las ciudades de muchos hombres y conoció su
manera de pensar, pero padeció aún en el mar muchos
dolores en su ánimo, procurando conservar su vida y el regreso
de sus compañeros. Mas ni siquiera así terminó
de salvar a sus compañeros, aunque lo deseaba vivamente, pues
perecerieron por sus propios actos temerarios. (Homero.
Odisea, XVIII, 1-7) (Doble espacio) |