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Y mirándolo de abajo a arriba torvamente le dijo Aquiles
el de los pies ligeros: "¡Ah, revestido de desvergüenza y
avaricioso! ¿Cómo nadie de los aqueos1 puede
voluntariamente obedecer tus palabras para emprender el camino
o para luchar con violencia contra otros varones? Pues yo no he
venido aquí a luchar a causa de los lanceros troyanos, puesto que no
son en nada culpables para mí [...], sino que a ti, ¡gran
desvergonzado!, te seguimos para que tú te alegraras, intentando
conseguir de los troyanos bienes para Menelao2 y para ti, ¡cara de
perro! De estas cosas ni te ocupas ni te tomas cuidado, E
incluso mi botín tú mismo me amenazas con quitármelo, por
el que tanto me afané y que me dieron los hijos de los aqueos [...]
Ahora me iré a Ptía3, puesto que es mucho mejor irme
a casa con las cóncavas naves y no pienso, estando aquí sin honra,
amontonar para ti dinero y riquezas. (Homero.
Ilíada, 148-171) (Doble espacio) |