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"Tenemos1 un régimen de gobierno que no envidia las leyes
de otras ciudades, sino que más somos un ejemplo para otros que
imitadores de los demás. Su nombre es democracia, por no depender el
gobierno de pocos, sino de un número mayor; de acuerdo con nuestras
leyes, cada cual está en situación de igualdad de derechos en las
disensiones privadas, mientras que según el renombre que cada uno, a
juicio de la estimación pública, tienen en algún respecto, es
honrado en la cosa pública; y no tanto por la clase social a la que
pertenece como por su mérito, ni tampoco, en caso de pobreza, si uno
puede hacer cualquier beneficio a la ciudad, se le impide por la
oscuridad de su fama. Y nos regimos libremente no sólo en lo
relativo a los negocios públicos, sino también en lo que se refiere
a las sospechas recíprocas sobre la vida diaria, no tomando a mal al
prójimo que obre según su gusto, ni poniendo rostros llenos de
reproche, que no son un castigo, pero sí penosos de ver. Y al tiempo
que no nos estorbamos en las relaciones privadas, no infringimos la
ley en los asuntos públicos, más que nada por un temor respetuoso,
ya que obedecemos a los que en cada ocasión desempeñan las
magistraturas y a las leyes, y de entre ellas, sobre todo a las que
están legisladas en beneficio de los que sufren injusticia, y a las
que por su calidad de leyes no escritas traen una vergüenza
manifiesta al que las incumple. Y además nos hemos procurado muchos
recreos del espíritu, pues tenemos juegos y sacrificios anuales y
hermosas casa particulares, cosas cuyo disfrute diario aleja las
preocupaciones; y a causa del gran número de habitantes de la ciudad
entran en ella las riquezas de toda la tierra, y así sucede que la
utilidad que obtenemos de los bienes que se producen en nuestro país
no es menos real que la que obtenemos de los demás
pueblos."
(TUCÍDIDES. II,
37)
(Doble espacio) |