Metamorfosis de Acteón


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De pronto el nieto de Cadmo, dejando un momento su tarea, caminando con pasos vacilantes a través de un bosque desconocido llega al lugar sagrado: así lo sentenciaba el destino. Y en cuanto entró en la cueva de fluyentes manantiales, tal como estaban desnudas las ninfas comenzaron a golpearse el pecho y con repentinos aullidos llenaron el bosque cubriendo a Diana con sus cuerpos entretejidos. Es sin embargo la diosa más alta y su delgado cuello las supera.
El mismo color del sol cubierto por las nubes o de la Aurora de púrpura se mostro en el rostro de Diana así vista desnuda. Y ella, aunque rodeada por el cortejo de sus compañeras se apartó a un lado y, aunque querría haber tenido preparadas las flechas, tomo agua y con ella roció la cara y los cabellos del hombre y a las aguas justicieras añadió estas palabras que presagiaban la desgracia: "Ahora podrás contar que me has visto sin vestidos, si puedes contarlo" y, sin más amenaza da a su cabeza rociada los  del ciervo, alarga su  y afila la punta de sus  y cambia sus brazos por  y también sus piernas y cubre de  oscuro su cuerpo. (OVIDIO. Metamorfosis III, 174)